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China ha dado un paso que llevaba tiempo insinuando y que ahora se materializa. El primer proyecto de bio-metanol a gran escala del país ha entrado oficialmente en operación completa en Zhanjiang, provincia de Guangdong.
No es un hito aislado ni un simple piloto industrial. Marca una extensión estratégica del modelo energético chino: del hidrógeno y la electrificación directa hacia combustibles líquidos avanzados, pensados para sectores donde electrificar no es tan sencillo.
El foco está claro: el transporte marítimo, uno de los grandes puntos ciegos de la transición energética global. Barcos enormes, rutas internacionales, combustibles fósiles difíciles de sustituir. Aquí, el metanol verde empieza a encajar.
La primera fase del proyecto alcanza una capacidad anual de 50.000 toneladas de metanol verde, con una pureza del 99,9 %. No se trata solo de un combustible. Ese mismo producto puede alimentar cadenas industriales en sectores químicos, farmacéuticos y de materiales, ampliando su impacto más allá del transporte.
El corazón de la planta es la llamada isla de gasificación, una estructura industrial de gran tamaño donde residuos de biomasa —corteza de árboles, paja agrícola, restos forestales— se someten a gasificación a más de 1.000 °C. A partir de ahí se obtiene el gas de síntesis, rico en monóxido de carbono e hidrógeno, base para la producción de metanol.
El proceso incorpora un sistema de filtrado que elimina más del 99 % de las partículas sólidas, reduciendo emisiones locales y mejorando la calidad del proceso. El residuo restante no se descarta: puede reutilizarse como materia prima en la industria cementera, cerrando parcialmente el ciclo de materiales. No es perfecto, pero va en la dirección correcta.
Según responsables técnicos del proyecto, el metanol verde es hoy el combustible alternativo con mayor potencial de reducción de emisiones para el transporte marítimo. Frente a combustibles fósiles como el carbón o el petróleo, puede lograr una reducción de hasta el 85 % de las emisiones de CO₂ a lo largo de todo su ciclo de vida, siempre que la biomasa y el proceso estén bien gestionados. La clave está ahí. En el “cómo”, no solo en el “qué”.
Uno de los elementos más interesantes del proyecto es que no se limita a producir combustible. Ha creado el primer ecosistema integrado de producción, almacenamiento, transporte y uso de metanol verde en el sur de China. En el puerto de Zhanjiang ya operan tanques de almacenamiento de 30.000 metros cúbicos, junto con infraestructuras de carga y descarga que permiten cerrar el ciclo completo —producción, almacenamiento y expedición— en aproximadamente una hora. Rápido, eficiente, pensado para escala industrial.
Además, se ha desplegado una red de suministro en el mismo día para el repostaje de buques en la región de la Gran Área de la Bahía Guangdong-Hong Kong-Macao. Esto convierte a Zhanjiang en el punto nacional más cercano para exportar metanol verde hacia hubs internacionales como Singapur, reduciendo distancias, tiempos y, sobre todo, emisiones asociadas al transporte del propio combustible. Un detalle que suele olvidarse, pero que importa.
El metanol verde no es una solución milagro, pero sí una pieza útil del puzzle. Puede acelerar la descarbonización del transporte marítimo mientras otras tecnologías —como el hidrógeno o los combustibles sintéticos más complejos— maduran y reducen costes. Además, aprovecha infraestructuras existentes y motores que ya pueden adaptarse, lo que facilita una transición más rápida.
Proyectos como el de Zhanjiang muestran que es posible pasar del discurso a la escala industrial, integrar logística, reducir emisiones en toda la cadena y crear mercados reales para combustibles bajos en carbono. Si se combina con marcos regulatorios exigentes, estándares ambientales claros y una planificación responsable del uso de biomasa, el bio-metanol puede convertirse en una herramienta eficaz para ganar tiempo en la lucha climática. Tiempo que, ahora mismo, vale oro.
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