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Un equipo de investigadores de la Universidad de Rice (EEUU) ha dado un paso poco habitual en la lucha contra uno de los contaminantes más persistentes del planeta: los PFAS, un grupo de compuestos sintéticos que se acumulan en el agua, los suelos y, con el tiempo, en los propios organismos humanos.
La propuesta combina algo que rara vez va de la mano en este campo: captura rápida y destrucción posterior, sin depender de procesos extremos de alta temperatura o infraestructuras completamente nuevas.
El avance se basa en un material de laboratorio que, según los ensayos, puede absorber ciertos PFAS hasta 100 veces más rápido que los sistemas de filtración habituales. No es una promesa de solución mágica, pero sí una pieza que encaja con una necesidad real: limpiar grandes volúmenes de agua contaminada sin generar una nueva montaña de residuos peligrosos.
El corazón del sistema es un compuesto conocido como hidróxido doble laminar (LDH), una estructura mineral formada por capas microscópicas. En esta versión, los científicos sustituyeron parte del aluminio por átomos de cobre, un cambio pequeño en apariencia, pero clave en su comportamiento químico.
Aqui, el material queda con carga positiva, mientras que muchos PFAS de cadena larga presentes en el agua tienen carga negativa. El resultado es una atracción directa. Las moléculas contaminantes se adhieren a la superficie del LDH y quedan atrapadas en su estructura interna. No flotan ni pasan de largo, sino que se quedan ahí.
Este enfoque permite algo que las tecnologías tradicionales —como el carbón activado, la ósmosis inversa o los intercambiadores iónicos— no consiguen del todo: concentrar los PFAS en un volumen pequeño y manejable, en lugar de dispersarlos en filtros que luego deben almacenarse como residuos peligrosos durante décadas.
La verdadera novedad llega después. Una vez que los PFAS quedan absorbidos en el material, pueden someterse a un proceso térmico de 400 a 500 grados centígrados, una temperatura elevada, sí, pero muy inferior a la de los hornos industriales que hoy se usan para intentar descomponer estos compuestos.
En ese calentamiento controlado, los enlaces entre carbono y flúor —los más resistentes de la química orgánica— se rompen. El flúor liberado se fija a calcio, formando un residuo estable que puede gestionarse como material inerte. No es un subproducto tóxico que deba almacenarse bajo tierra durante generaciones. Es, en términos ambientales, un final mucho más limpio.
Uno de los puntos más interesantes del material LDH es su carácter de “drop-in”, una expresión técnica que en la práctica significa algo simple: puede integrarse en sistemas de filtración existentes. No exige rediseñar plantas de tratamiento desde cero ni construir instalaciones especializadas solo para este proceso.
Eso abre la puerta a proyectos piloto en depuradoras municipales, estaciones de tratamiento de aguas industriales o incluso instalaciones móviles para zonas afectadas por vertidos específicos. En regiones donde la contaminación por PFAS se asocia a bases militares, aeropuertos o polos industriales, este tipo de soluciones puede marcar la diferencia entre un plan viable y otro que se queda en el papel.
Desde el ámbito de la ingeniería ambiental y la gestión de residuos, la reacción ha sido prudente. La eliminación total de PFAS a escala industrial implica retos que no se resuelven solo con un buen material: seguridad laboral, permisos, costes energéticos, gestión del residuo final y adaptación a aguas con mezclas químicas complejas.
Si esta tecnología logra escalar con éxito, podría integrarse en estrategias de saneamiento de cuencas, modernización de plantas de tratamiento y planes de reutilización de aguas residuales en zonas con estrés hídrico.
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