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El mercado de fusiones y adquisiciones (M&A) en los sectores químico y del plástico en España ha entrado en una nueva fase. Tras un periodo de intensa actividad entre 2021 y 2023, el escenario actual está marcado por una mayor cautela, condicionada por la subida de los tipos de interés, el encarecimiento energético y una presión regulatoria creciente.
Para el sector químico español, la prioridad es clara: asegurar un precio eléctrico industrial mucho más competitivo —incluso por debajo de 40 €/MWh— si se quiere garantizar la viabilidad de las inversiones y evitar deslocalizaciones.
En este contexto, los grandes grupos industriales siguen apostando por el M&A como palanca para ganar escala y eficiencia, mientras que los inversores financieros dirigen su atención hacia nichos muy concretos, especialmente ligados a la sostenibilidad y la transición verde.
El coste de la energía se ha convertido en el principal factor diferencial. Desde la industria energética y química se insiste en que Europa compite en clara desventaja frente a otras regiones. Jaime Martín Juez, director ejecutivo de Refino y Química de Repsol, cuantifica esa brecha: el coste energético en Europa es actualmente 2,5 veces superior al de EE.UU. y cinco veces mayor que en China, lo que supone una barrera significativa para la competitividad industrial.
A su juicio, "el momento exige equilibrar tres vectores: seguridad de suministro, asequibilidad y sostenibilidad». También advierte de que «una regulación que no ha tenido suficientemente en cuenta la competitividad, junto con la falta de incentivos para modernizar infraestructuras esenciales, ha debilitado la resiliencia industrial europea".
La consolidación, sin embargo, avanza a distintas velocidades según el sector. En la industria química, el proceso está más maduro, con operaciones orientadas a optimizar capacidades productivas y reducir la huella de carbono. El sector del plástico –entendido como productores de materia prima de base química– presenta todavía una elevada atomización, dominada por pymes familiares, aunque ya se perciben los primeros movimientos de concentración.
Dentro del sector español, la preocupación se concentra especialmente en la química básica. Este segmento —que aporta aproximadamente un tercio de la actividad química— suministra materias primas esenciales a múltiples industrias y actúa como verdadero termómetro de la competitividad. Precisamente por esa posición, es también el más vulnerable a los costes energéticos.
Mientras la farmaquímica y la química de consumo muestran una evolución más positiva, la base productiva pesada acusa con mayor intensidad la presión de costes. En este sentido, desde Feiquee insisten en que proteger la química básica no es solo una cuestión sectorial, sino de política industrial: sin ese primer eslabón, se debilita el conjunto de la cadena de valor.
Asimismo, el sector químico español mantiene su compromiso con la descarbonización, pero advierte de que el proceso exige condiciones habilitadoras claras. Alcanzar la neutralidad climática de la industria química en España requerirá cerca de 65.000 millones de euros hasta 2050, destinados principalmente al despliegue de nuevas tecnologías y procesos.
El gran motor de esta transformación es la descarbonización. Los objetivos europeos obligan a las empresas a electrificar procesos, reducir emisiones y sustituir materias fósiles, lo que exige inversiones millonarias. Este escenario está impulsando operaciones corporativas de distinto tipo y, al mismo tiempo, está redefiniendo las valoraciones.
El horizonte energético añade un factor adicional de complejidad. La volatilidad del gas y los elevados precios de la electricidad estrechan márgenes y alargan los retornos de inversión. En este contexto, las empresas con acuerdos de suministro a largo plazo o con fuentes renovables propias se posicionan mejor para atraer capital industrial y financiero.
Dentro del sector químico, las dinámicas varían significativamente por subsectores. En la química básica y la petroquímica, donde se concentran la mayoría de los plásticos como materias primas, las operaciones responden principalmente a dos motivos: ganar volumen para mejorar eficiencia y costes e invertir en productos circulares para cumplir con las exigencias regulatorias y ESG.
En las especialidades químicas, en cambio, el interés se centra en negocios con altos márgenes, innovación y tecnología propia, menos expuestos al ciclo de los productos commoditizados. La industria farmacéutica destaca por operaciones basadas en patentes y nuevos fármacos, con retornos a largo plazo ligados a una demanda creciente.
En los agroquímicos, muy presentes en la Comunitat Valenciana, el foco está en el crecimiento de los productos bio y en la inversión en registros, mientras que en los productos químicos de consumo –como higiene y cosmética– se combinan marcas propias con fabricación de marca de distribuidor.
La industria insiste en que la transición puede convertirse en una ventaja competitiva, pero solo si se acompaña de instrumentos de apoyo eficaces. Desde Repsol defienden precisamente ese enfoque y sostienen que la descarbonización puede reforzar la posición industrial si se articula con neutralidad tecnológica y visión de cadena de valor.
Entre los ejemplos que cita la compañía figuran sus inversiones en combustibles renovables, hidrógeno renovable o la futura Ecoplanta de Tarragona para producir metanol renovable a partir de residuos urbanos.
Pero la preocupación del sector va más allá de la producción. La química actúa como industria tractora y su debilitamiento puede generar efectos en cascada. Roland Berger estima que los cierres anunciados en Europa ya afectan a unos 20.000 empleos directos y 89.000 indirectos. En España, la industria sostiene alrededor de un millón de empleos entre directo, indirectos e inducidos, lo que equivale en torno al 7% de la población asalariada del sector privado. Para el sector, el riesgo es doble: pérdida de actividad productiva y aumento de la dependencia exterior en materiales estratégicos.
En este sentido, este proceso no implica una desaceleración estructural de la actividad corporativa, sino un cambio en sus fundamentos. En consecuencia, el sector químico y del plástico en España afronta una etapa de consolidación más sofisticada, donde la escala, la eficiencia energética y la innovación tecnológica marcarán la diferencia competitiva.
Así pues, el mapa empresarial que emerja en los próximos años estará definido por compañías capaces de combinar rentabilidad y transición verde, integrando la sostenibilidad no como obligación regulatoria, sino como eje central de su propuesta industrial. Y en relación a España, el país seguirá manteniendo activos industriales relevantes —desde el sistema de refino hasta polos químicos consolidados— lo que le permitirá resistir mejor que otros socios europeos...al menos, de momento.
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