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Europa quiere dar un paso clave en la carrera del hidrógeno verde. Por ello, un nuevo proyecto busca producirlo sin PFAS ni grandes cantidades de metales raros, dos de los principales obstáculos que hoy frenan su expansión a gran escala.
Para hacerlo posible se ha puesto en marcha SUPREME, un proyecto de tres años liderado por la Universidad del Sur de Dinamarca en conjunto con TU Graz y otros socios industriales y científicos.
Su objetivo es claro: desarrollar electrólisis PEM sin PFAS, más eficiente y mucho menos dependiente de materiales críticos.
La tecnología PEM es una de las favoritas para fabricar hidrógeno verde, ya que funciona especialmente bien cuando la electricidad procede de fuentes renovables variables, como la solar o la eólica.
El problema es que los sistemas actuales usan membranas con PFAS y también requieren metales del grupo del platino, como el iridio, que son caros, escasos y complican mucho el escalado industrial.
Ahí es donde entra SUPREME. El proyecto busca sustituir los materiales con PFAS, probar alternativas ya disponibles en el mercado y desarrollar nuevas membranas microporosas sin esos compuestos. Al mismo tiempo, también quiere reducir el uso de iridio hasta en un 75% y reciclar cerca del 90% del que siga siendo necesario.
Esto no es un detalle menor, pues si todo sale bien, el hidrógeno verde podría acercarse mucho más al precio del hidrógeno producido a partir de combustibles fósiles, que sigue siendo la referencia económica. Y eso abriría la puerta a más usos industriales, desde la producción de amoníaco y metanol hasta sectores como el acero o el almacenamiento de excedentes renovables.
El contexto, además, aprieta y mucho. China sigue avanzando a un ritmo enorme en energías limpias y en generación solar, así que Europa necesita mover ficha si no quiere quedarse atrás.
También es interesante ver cómo el hidrógeno encaja dentro de un tablero energético más amplio. Mientras algunos grupos investigan sistemas que convierten amoníaco en energía limpia y barata, Europa intenta atacar uno de los cuellos de botella más serios del hidrógeno verde: su coste real de producción.
En definitiva, la apuesta está bastante clara: si Europa logra producir hidrógeno verde sin químicos eternos y con mucho menos iridio, no solo mejorará una tecnología prometedora. También podría ganar una posición fundamental en una de las carreras energéticas más importantes de esta década.
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