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La gestión del agua atraviesa un momento decisivo. La combinación de sequías prolongadas, episodios de lluvias intensas y una presión creciente sobre los recursos hídricos está obligando a muchas regiones a replantear sus estrategias de abastecimiento y tratamiento. Cataluña es uno de los ejemplos más claros de esta transformación.
Entre 2021 y 2023, la comunidad vivió una de las peores sequías de su historia reciente. Los embalses alcanzaron niveles críticos y las restricciones al consumo se convirtieron en una preocupación cotidiana para ciudadanos, industrias y administraciones.
Sin embargo, pocos meses después, llegaron precipitaciones intensas que volvieron a tensionar las infraestructuras. Esta alternancia entre escasez y exceso de agua refleja una realidad cada vez más frecuente: la creciente volatilidad climática complica la gestión de los recursos hídricos y exige soluciones más resilientes.
La preocupación social acompaña esta situación. Según el Kemira Water Index, el 98 % de los españoles afirma estar preocupado por los impactos del cambio climático en su región.
Además, el 85 % considera necesario reforzar la preparación frente a sequías y escasez de agua, mientras que el 84 % cree que también deben intensificarse las medidas ante inundaciones.