Empresas Premium
Un grupo de investigadores de la Universidad de Stanford (EE.UU) ha desarrollado un amplificador óptico ultracompacto capaz de intensificar una señal de luz hasta cien veces sin disparar el consumo energético.
En un mundo donde casi todo —desde las videollamadas hasta los satélites, pasando por los centros de datos— depende de la luz que viaja por fibra óptica, este avance toca un nervio sensible: más información, con menos energía y menos pérdidas.
El dispositivo, del tamaño aproximado de la yema de un dedo, no solo cabe en un laboratorio o en una estación de telecomunicaciones. También podría integrarse en portátiles, sensores médicos o incluso smartphones, algo impensable para los amplificadores ópticos tradicionales, que suelen ser voluminosos y hambrientos de electricidad.
A diferencia de los sistemas convencionales, este chip aprovecha un diseño resonante que actúa como una pequeña pista circular para la luz. La energía que impulsa la amplificación —el llamado “haz bomba”— no se pierde tras un solo uso, sino que se mantiene circulando dentro del dispositivo, reforzando su propia intensidad.
Así, la luz se dobla sobre sí misma, como si rebotara entre espejos microscópicos, acumulando fuerza antes de transferirla a la señal principal que se quiere amplificar. El resultado es un sistema que necesita menos energía de entrada para lograr un efecto mucho mayor en la salida.
Pero amplificar siempre ha tenido un precio: el ruido. En telecomunicaciones, ese ruido es el enemigo silencioso que degrada la calidad de la señal y limita la cantidad de información que puede viajar por un canal. Este nuevo amplificador ha demostrado añadir el mínimo nivel de interferencias físicamente posible, algo que en la práctica se traduce en más datos por segundo y menos errores.
Además, su ancho de banda es más amplio que el de muchos dispositivos actuales. Eso significa que puede trabajar con un rango mayor de longitudes de onda, abriendo la puerta a redes ópticas más flexibles y densas, donde una sola fibra transporta múltiples flujos de información al mismo tiempo.
Uno de los detalles que más llama la atención es su eficiencia energética. Funciona con apenas unos cientos de milivatios, lo que lo sitúa en la órbita de los componentes que pueden alimentarse con una batería convencional. No hablamos solo de infraestructura pesada en centros de datos, sino de sensores portátiles, dispositivos médicos de diagnóstico óptico o sistemas de comunicación en entornos remotos.
En biosensado, por ejemplo, una señal de luz más intensa y limpia puede marcar la diferencia entre detectar una molécula en una muestra o pasarla por alto. En comunicaciones, permite repetidores más pequeños y económicos, reduciendo la necesidad de grandes estaciones intermedias en redes de larga distancia.
Este tipo de avances no suele ocupar titulares ruidosos, pero va construyendo, pieza a pieza, una tecnología más ligera, más inteligente y, con suerte, un poco más amable con el planeta.
|