10 de febrero, 2026 XML
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Un equipo de ingenieras e ingenieros del Massachusetts Institute of Technology (MIT) han demostrado que un polímero comercial y flexible puede duplicar su capacidad para conducir calor simplemente al estirarse y volver a su estado aislante cuando se relaja. Y todo ello sin tratamientos químicos ni fases irreversibles, utilizando la mecánica de forma rápida (0,22 segundos, un récord para materiales conmutables térmicamente).

El protagonista es un copolímero de bloques de olefina (OBC), un plástico blando y elástico que ya se utiliza en productos cotidianos. A primera vista, nada extraordinario. De hecho, se consideraba un mal conductor térmico, como la mayoría de los polímeros.

A escala microscópica, el OBC está formado por cadenas de carbono e hidrógeno muy enredadas, una estructura conocida como fase amorfa, con pequeñas “islas” de regiones más ordenadas. En reposo, ese desorden actúa como un atasco para el calor. Pero cuando el material se estira, ocurre algo distinto:
las cadenas amorfas se alinean parcialmente, se estiran, dejan de bloquear el paso y el calor fluye con mucha más facilidad.

Lo interesante es que no cristaliza. No se convierte en un material rígido ni pierde elasticidad. Permanece mayoritariamente amorfo, lo que permite ir y volver miles de veces entre un estado aislante y otro conductor sin degradarse

El hallazgo no nació buscando regular el calor. El equipo investigaba alternativas más sostenibles al elastano, un material difícil de reciclar y muy dependiente del petróleo. El polietileno, y sus variantes, aparecían como candidatos prometedores.

El detalle clave está en el carbono. Aunque el plástico se asocie al aislamiento, el carbono, bien alineado, transporta el calor de forma muy eficiente. El problema siempre ha sido el desorden interno. Aquí, ese desorden no desaparece: se reorganiza temporalmente bajo tensión.

En pruebas repetidas, el material mostró una estabilidad sorprendente. Estirar, conducir calor. Soltar, volver a aislar. Una y otra vez. Sin fatiga térmica apreciable. La diferencia práctica es clara: el contraste térmico que produce es similar al que se siente al tocar una tabla de plástico frente a una encimera de mármol.

Además, el tiempo de respuesta abre la puerta a sistemas que reaccionan en tiempo real a cambios de temperatura, algo muy difícil de conseguir hoy con materiales pasivos.

Conclusiones

Este tipo de materiales apunta a un cambio de enfoque: materiales que responden, no que resisten.

A medio plazo, podrían contribuir a:

  • Ropa adaptativa que reduzca la dependencia de calefacción y aire acondicionado.
  • Electrónica más longeva, con menos fallos por calor y menor necesidad de ventilación forzada.
  • Arquitectura pasiva avanzada, donde la envolvente del edificio participe activamente en la gestión térmica.
  • Diseños más simples, con menos componentes y menor huella de fabricación.

Queda trabajo por delante. Optimizar el rango de conductividad, escalar procesos, integrar el material en productos reales. Pero la idea ya está clara: el calor no tiene por qué gestionarse siempre con energía extra. A veces basta con estirar un poco el material adecuado.

Referencia: MIT

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