por Antonio Sola Rosique, Presidente del comité de normalización AEN/CTN 151 de AENOR (Asociación Española de Normalización); Adolfo Crespo Márquez, Presidentes de INGEMAN (Asociación para el Desarrollo de la Ingeniería y Gestión de Mantenimiento) y Antonio J 16 de octubre, 2015 Artículos técnicos comentarios Bookmark and Share
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La gestión de activos no es un tema nuevo, ya que actividades relacionadas con la gestión de activos se han venido realizando desde que se empezaron a utilizar bienes de capital, edificios, sistemas de transportes, sistemas de agua, energía o cualquier otro tipo de activo de producción o de prestación de servicios. Estos activos físicos han sido controlados mediante la función empresarial de mantenimiento, encargada del control de las instalaciones, así como de los trabajos de reparación y revisión para garantizar el funcionamiento regular y el buen estado de conservación de las instalaciones productivas, servicios e instrumentación para el control de los procesos de las organizaciones. Sin embargo, los cambios en nuestra vida y de los entornos de negocio hacen que la gestión de activos como “actividad coordinada de una organización para obtener valor a partir de sus activos” constituya un modelo eficaz y eficiente para enfrentarse a los retos y desafíos del cambiante mercado global de hoy.

La publicación de la serie de normas ISO 55000:2014 sobre Gestión de Activos (GA), en enero del 2014, intenta dar soporte a una gestión orientada al valor de los activos, así como a los riesgos que dicha gestión conlleva. Presenta, de manera genérica, los requerimientos mínimos de “qué debe de hacerse” (adecuadas prácticas) para establecer, implementar, mantener y mejorar, la gestión de cualquier tipo de activo, estableciendo un enfoque estratégico que permita incorporar las operaciones y las aplicaciones de mantenimiento para mejora de la disponibilidad y la utilización de los activos. Estos requerimientos, que la norma agrupa en siete grupos, se aplican a todas las partes interesadas y permiten medir, y así mostrar, la capacidad de una organización para cumplir los requisitos legales, reglamentarios y contractuales, así como los propios de la organización.
La norma, como otras normas relativas a sistemas de gestión, no define el “cómo” llevar a cabo esas buenas prácticas. Ello depende del contexto de la propia organización y de los activos a gestionar, y constituirá, de cara al futuro, una fuente de desarrollo para los distintos contextos de negocio y tipos de activos en la interpretación y aplicación de los requisitos que establece esta norma. El reconocimiento formal, a través de la norma, de lo que hay que hacer (requisitos) para la coordinación y el mantenimiento de buenas prácticas, constituye la base para organizar los procesos y poder así alcanzar los objetivos organizacionales. Ayuda a las empresas a un mejor aprovechamiento del valor de sus activos, permitiéndoles demostrar su capacidad de control de los riesgos, la fiabilidad de sus plantas, la mitigación de pérdidas e interrupciones no planificadas, minimizando su impacto, haciendo de la norma una guía formal para la realización de evaluaciones, y evitando la posible arbitrariedad en las mismas.

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