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La industria digital ha alcanzado la madurez tecnológica, pero no siempre la madurez conceptual. Este artículo plantea la ciberplanta como un sistema capaz de comprender su propia degradación, anticipar el fallo y actuar con criterio. Una reflexión sobre autopreservación industrial y sobre cómo pasar de reaccionar a decidir.
Durante décadas, las plantas industriales han sido sistemas extraordinariamente sofisticados y, al mismo tiempo, profundamente inconscientes de sí mismos. Gigantes de acero, vapor y energía capaces de producir valor de forma continua, pero incapaces de anticipar su propia fragilidad.
Funcionaban mientras todo encajaba y callaban justo cuando algo empezaba a ir mal. El fallo siempre llegaba como un acontecimiento inesperado, aunque en realidad llevaba tiempo gestándose en silencio.
La industria aprendió a convivir con esa lógica reactiva como si fuera inevitable. El conocimiento estaba en las personas, no en los sistemas. En la experiencia acumulada, en la intuición entrenada, en esa sensación difícil de explicar que permitía a algunos anticipar lo que estaba a punto de ocurrir.
Era un conocimiento valioso, pero vulnerable, imposible de escalar y difícil de transferir. Cuando esas personas se iban, algo más se perdía con ellas.