por José Tomás Rojas, MSc Director de JT Rojas Pinturas 13 de diciembre, 2017 Artículos técnicos comentarios Bookmark and Share
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Uno de los objetivos más importantes que deben alcanzar los formuladores de pinturas, y todos los formuladores de la industria química en general, es el de lograr compatibilizar materiales que son por naturaleza incompatibles, y deben lograr, además, que esta compatibilidad se mantenga estable en el tiempo.

Por ejemplo, es necesario compatibilizar pigmentos insolubles en agua, como el dióxido de titanio, con el agua del proceso; aceites y grasas deben compatibilizarse con agua en la industria de cosméticos; tintas insolubles deben compatibilizarse con los materiales que conforman las fibras textiles, y así en un sin número de industrias. Compatibilizar materiales es el trabajo del día a día. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de compatibilidad?

¿Qué es la compatibilidad?
De manera muy general, y refiriéndonos a un contexto físico más que químico,  podemos decir que la compatibilidad es la habilidad que tiene una sustancia de combinarse o mezclarse con otra. La evidencia más clara de buena compatibilidad, sobre todo en el caso de los líquidos, es que la mezcla resultante nos genera una solución homogénea.  La incompatibilidad, por el contrario, implica la incapacidad de dos sustancias para combinarse entre sí. La evidencia de incompatibilidad, en general, es una mezcla heterogénea, en donde pueden identificarse los componentes de la mezcla en forma separada. La mezcla de agua y aceite es el ejemplo clásico.

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